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¿Qué dolió más: la llamada de Abinader o el espejo de Alofoke?

Por JS Campo Gutiérrez

El debate sobre la llamada del presidente Luis Abinader al programa de Santiago Matía (Alofoke) ha revelado algo más profundo que una simple conversación. Ha dejado al descubierto una herida oculta en la élite mediática dominicana.

La pregunta que queda flotando es brutal: ¿Qué les dolió más, la llamada de Abinader o el espejo que Alofoke les puso enfrente?

Durante décadas, cierto sector del comentario público se creyó la nobleza del pensamiento. Eran las voces solemnes, con estudios alfombrados y un aire de guardianes del Cuarto Poder.

Este pequeño círculo, más heredado que ganado, vivió convencido de que la opinión pública les pertenecía por derecho histórico.

Hasta que un muchacho del barrio, sin títulos resonantes ni padrinos en Palacio, les arrebató la centralidad del debate. No es el ascenso de Alofoke lo que los indigna; es que el presidente no los llamó a ellos.

El golpe no fue político, fue existencial. Descubrieron que el poder mediático no se sostiene con solemnidad, sino con alcance. Un algoritmo derribó en minutos lo que la élite construyó en medio siglo.

El éxito de Alofoke expuso la vanidad del viejo orden. Pero también mostró las grietas del nuevo.

Si bien representa la ruptura del clasismo mediático, también encarna una narrativa peligrosa: la cultura del atajo, del éxito sin esfuerzo.

Un mensaje que seduce a miles de jóvenes y normaliza la fantasía de que la fama es más importante que el mérito.

A esto se suma el mundo oscuro que opera detrás del entretenimiento urbano. Hablamos de intereses opacos, figuras del bajo mundo que buscan escapar del anonimato y un ecosistema donde la ética es moneda de cambio.

Nada de esto cancela su legitimidad como creador, pero sí obliga a un escrutinio que no debe evadirse.

A los medios tradicionales y a los autollamados iconoclastas les humilla que un "Juan de los Palotes digital" sea ahora el puente con el poder.

Les ofende que alguien con pocas credenciales y lenguaje no diplomático les haya robado el show. Y sin pedirles bendición.

Los mismos comunicadores que levantaron murallas simbólicas hoy son derribados por un algoritmo que no reconoce aristocracias.

¿Cómo compiten contra eso? ¿Con columnas que leen "tres gatos"? ¿Con programas en los que siempre hablan los mismos ocho de siempre? No les dolió que el presidente llamara a Alofoke. Les dolió que no los llamara a ellos.

Y duele porque Alofoke expone una verdad que nadie quiere admitir: el poder mediático nunca fue moral, fue numérico. A la vieja élite la abandonan sus públicos, porque nunca entendió que la autoridad no se hereda, se pierde.

La Doble Tragedia

La realidad es incómoda: A Alofoke lo siguen millones, pero parte de ese éxito descansa sobre cierta habilidad, espectáculo y sombras.

La verdadera tragedia no es que Abinader haya llamado a Santiago Matías. Es que ese gesto expuso a dos poderes: uno que cayó por soberbia y otro que asciende sin un sentido preciso de responsabilidad social.

El gesto de Abinader fue un síntoma de un gobierno que anda a la caza de conectar. La respuesta de sus opositores es la señal de una fuerza política que no sabe dónde está parada.

Claro, Santiago Matia no es el villano. Es el síntoma de un país donde los monopolios simbólicos se derrumban.

Se derrumban por el clasismo disfrazado de "crítica profesional" de quienes no aceptan que ya no controlan la agenda.

Y son derrumbadas por la cultura del éxito fácil que se mueve en territorios ambiguos y peligrosos.

La opinión dejó de ser un privilegio, pero no necesariamente se volvió más ética.

La tragedia final no es la llamada de Abinader. Es que esta historia derribó el mito del mérito y privilegios en la élite y, al mismo tiempo, legitimó un ecosistema de sombras.

La República Dominicana se quedó sin intermediarios tradicionales. Los nuevos intermediarios merecen ser cuestionados con la misma dureza.

Si algo quedó claro, es esto: el poder mediático ha cambiado de manos, pero no necesariamente de calidad. Y ese es el verdadero dolor que nadie quiere ver. Nadie quiere ver ni su propia sombra.

JS Campo Gutiérrez es un periodista y escritor dominicano que reside en los Estados Unidos


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