Opinión

Después de Claudia ¿Quién se atreverá a denunciar mañana?

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La condena a prisión de Claudia Pérez, conocida como "La Tora", no es una noticia cualquiera. Tampoco es simplemente otro episodio en la larga historia de conflictos entre figuras públicas y comunicadores.

Es un acontecimiento que obliga a la sociedad dominicana a detenerse y reflexionar sobre el futuro de la libertad de expresión en el país.

Porque más allá de simpatías o antipatías personales, una realidad resulta imposible de ignorar: cada vez más comunicadores están enfrentando procesos judiciales, condenas e indemnizaciones por expresiones difundidas en medios digitales.

Los hechos están ahí.

Claudia Pérez fue condenada a prisión por difamación e injuria.

Ángel Martínez ha enfrentado múltiples condenas derivadas de procesos similares.

Rafael Guerrero también fue condenado en un caso ampliamente difundido por los medios nacionales.

Cada expediente tiene sus particularidades. Cada tribunal tomó decisiones basadas en circunstancias específicas. Eso corresponde evaluarlo a la justicia.

Pero existe una pregunta que trasciende los nombres y los casos individuales.

¿Qué mensaje recibe hoy cualquier ciudadano que quiera denunciar posibles irregularidades cometidas por personas poderosas?

El miedo como consecuencia

No es necesario que exista censura oficial para que una sociedad comience a guardar silencio.

La historia demuestra que muchas veces el miedo produce resultados más eficaces que la censura directa.

Cuando un periodista, un comunicador o un ciudadano observa que otros enfrentan condenas penales, indemnizaciones millonarias y largos procesos judiciales, inevitablemente realiza un cálculo.

¿Vale la pena hablar?

¿Vale la pena denunciar?

¿Vale la pena investigar?

Esa pregunta es precisamente la que debería preocupar a una democracia.

Porque la libertad de expresión no se pone a prueba cuando todos están de acuerdo.

Se pone a prueba cuando alguien publica algo incómodo para quienes tienen poder político, económico o institucional.

Una tendencia que merece atención

Nadie discute el derecho de una persona a defender su honor.

Nadie discute que las acusaciones falsas pueden causar daños reales.

Pero también es cierto que las democracias modernas suelen mostrar una especial cautela cuando se trata de imponer sanciones penales relacionadas con expresiones sobre asuntos de interés público.

La razón es sencilla.

Una democracia necesita ciudadanos capaces de cuestionar al poder sin temor excesivo a las consecuencias.

Por eso, diversos organismos internacionales han sostenido durante años que las leyes de difamación deben aplicarse con extremo cuidado cuando entran en conflicto con la libertad de expresión.

El momento no es casual

El debate adquiere mayor importancia porque ocurre mientras República Dominicana se prepara para la entrada en vigor de un nuevo Código Penal que endurece las sanciones para determinados delitos relacionados con la difamación.

Para algunos sectores, estas reformas fortalecen la protección de la reputación individual.

Para otros, representan una señal de alerta.

La preocupación no surge únicamente por las penas.

Surge por la acumulación de señales.

Cuando se observan condenas contra comunicadores, procesos judiciales cada vez más frecuentes y un marco legal más severo, resulta legítimo preguntarse si el país está avanzando hacia un ambiente menos tolerante con las denuncias públicas.

Esa no es una afirmación.

Es una pregunta.

Y es una pregunta válida.

El error de celebrar las condenas

Quizás uno de los fenómenos más sorprendentes de este debate es que algunos comunicadores parecen celebrar las sanciones impuestas a otros colegas.

Lo hacen porque consideran que ciertas figuras no practican un periodismo profesional.

Lo hacen porque desaprueban sus métodos.

Lo hacen porque no comparten sus posiciones.

Sin embargo, la historia demuestra que las libertades fundamentales rara vez desaparecen de golpe.

Normalmente se erosionan poco a poco.

Empiezan afectando a quienes generan menos simpatías.

Luego alcanzan a sectores más amplios.

Por eso la libertad de expresión no puede depender de quién sea el acusado.

Su defensa debe ser un principio, no una conveniencia.

¿Quién denunciará mañana?

La gran pregunta no es qué ocurrirá con Claudia Pérez.

Ni con Ángel Martínez.

Ni con Rafael Guerrero.

La verdadera pregunta es qué ocurrirá con el próximo comunicador.

Con el próximo periodista.

Con el próximo ciudadano que reciba información sobre posibles irregularidades y decida hacerla pública.

Si el temor termina imponiéndose sobre la voluntad de investigar y denunciar, la consecuencia será mucho más grave que cualquier condena individual.

La democracia perderá una de sus herramientas más importantes de vigilancia ciudadana.

Y cuando eso ocurre, quienes ganan no son los periodistas.

Tampoco los políticos.

Mucho menos los tribunales.

Quienes pierden son los ciudadanos.

Porque una sociedad donde nadie se atreve a denunciar termina siendo una sociedad donde nadie puede exigir cuentas al poder.

Jay Campo

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