El jengibre (Zingiber officinale) es probablemente el remedio casero que mejor ha resistido el examen de la ciencia. Su raíz picante y aromática se emplea desde hace siglos contra las náuseas y las digestiones pesadas, y los ensayos clínicos respaldan parte de ese uso tradicional, aunque no todas las virtudes que se le atribuyen en internet.
El uso con evidencia más consistente es el alivio de las náuseas. Una revisión sistemática con metaanálisis publicada en Nutrition Journal reunió 12 ensayos clínicos aleatorizados con 1.278 mujeres embarazadas y encontró que el jengibre mejoró de forma significativa los síntomas de náusea frente al placebo, con un perfil de seguridad favorable en las dosis estudiadas, en torno a un gramo diario. Otros trabajos han observado efectos similares en las náuseas posteriores a una cirugía y, con resultados más variables, en las asociadas a la quimioterapia.
El efecto se atribuye a compuestos como el gingerol y el shogaol, que actúan sobre el tubo digestivo acelerando el vaciado gástrico y sobre los receptores implicados en el reflejo del vómito. Instituciones como Johns Hopkins Medicine destacan precisamente esa acción sobre la motilidad gástrica, mientras que especialistas de la Cleveland Clinic señalan su posible efecto antiinflamatorio en molestias musculares y articulares.
En casa, la forma más habitual de tomarlo es en infusión: unas rodajas de raíz fresca en agua caliente, a veces con limón y miel. También se usa rallado en las comidas o en cápsulas, aunque conviene no excederse: cantidades superiores a cuatro gramos diarios pueden provocar acidez o irritación gástrica.
También se encuentra en forma de cápsulas, extracto líquido y jengibre cristalizado, una presentación frecuente entre viajeros. Las precauciones importan. Quienes toman anticoagulantes o están embarazadas deberían consultarlo antes con un profesional sanitario, y el jengibre no debe utilizarse para tratar vómitos intensos o persistentes, que requieren atención médica.

